domingo, 15 de octubre de 2017

¿Qué son las palabras?


DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS  - TITO  LUCRECIO  CARO
LIBRO IV

(…)
Así que las palabras y las voces
 Constan de corporales elementos,
 Supuesto que nos pueden hacer daño.
 Bien sabes tú cuánto destruye el cuerpo,
 Cuánto se debilitan fuerza y nervios   750
 De los que conversaron largamente
 Desde que asoma la brillante aurora
 Hasta la sombra de la obscura noche,
 Si ha sido la disputa acalorada.
 Es corpórea la voz, puesto que pierde
 El parlero gran parte de substancia.
 La aspereza de voz y la dulzura
 Nacen de la figura de los átomos;
 Pues no hieren lo mismo los oídos
 Cuando los graves y profundos toques   760
 Oímos del clarín, y en ronco estruendo
 Retumban las bocinas retorcidas,
 Y los cisnes nacidos en los valles
 Frescos del Helicón con voz de llanto
 Entonan sus lamentos, armoniosos.
(…)

Tito Lucrecio Caro: (99 - 55 aC.) Poeta y filósofo romano, autor de un único texto que se conozca: el poema didáctico De rerum natura, De la naturaleza de las cosas, publicada por Cicerón. La obra recoge y vulgariza en gran medida la doctrina materialista de Epicuro, según la cual el mundo está constituido por átomos, elementos indivisibles que, por ser extremadamente tenues, escapan a nuestros sentidos y cuyo número es infinito.
Los seis libros del poema están dispuestos por parejas: los dos primeros corresponden a la física atomista; el tercero y cuarto a la psicología y los dos últimos están dedicados a la historia del cosmos y de la humanidad. Es un total homenaje a Epicuro, como lo demuestra al comienzo de cada libro.

Tanto Giordano Bruno como Gassendi estudiaron a través de su obra el epicureísmo. Influyó en personas tan dispares como Hobbes, Vico o Milton. Actualmente, se le reconoce como una de las voces más auténticas y profundas de toda la poesía clásica.

lunes, 26 de junio de 2017

Un poema

Aciertos


Que la ciencia se puede aprender de memoria,
pero la sabiduría, no, como opinaban Tristram Shandy
y Laurence Sterne, me parece cierto, como cierta
la historia que relató Pablo López:
La luna se levantó sobre el mar donde navegaban
los piratas. La luna era un plato de leche que bebía
un gato, el gato de Axelle,
y cierto eso de Ortega y Gasset:
el ciprés es como el espectro de una llama muerta,
de Dalmiro Sáenz:
El envase de nuestra idea es parte de nuestra idea,
de William Shakespeare:
¿Acaso es posible dorar el oro, pintar el lirio
o perfumar la violeta?,
de Orlando González Esteva:
Las palabras son islas
fabulosas, dispersas
en el mar del silencio,
de T. S. Eliot:
los últimos dedos de las hojas
se aferran y se hunden en la ribera húmeda,
de Yevgeny Yevtushenko:
Cae la nieve pura como
si resbalara por hilos,
y de Breyten Breytenbach:
Al mar no podemos regresar
el mar ha envejecido
muestra arrugas blancas y espuma alrededor de los labios.

Rubén L. Makinistian - Todo es prestado, 2012


sábado, 4 de febrero de 2017

El equilibrista - Steven Galloway


Uno

El viento es constante y sopla frío en la cara y las manos de Salvo Usari, pero no lo desanima. Mete una mano en el bolso que lleva a la cintura, saca un poco de talco de bebé y se frota las dos manos. Además de la finalidad práctica de impedir que se le escape la vara de 35 kilos que lleva para mantener el equilibrio, el talco tiene un olor especial que le recuerda el pasado, las caminatas que hacía media vida atrás, a sus hijas mellizas cuando eran unas criaturas pequeñas y chillonas, y a su esposa después de bañarse.
Salvo sonríe mientras uno de esos momentos inunda su conciencia. Hace unos cuarenta años; sus hijas tienen apenas dos años, y su esposa acaba de ponerlas a dormir. Salvo está acostado de espaldas, tratando de extender un tendón de la pierna que ha forzado sin necesidad. Siente la punzada de dolor; ve las piernas de su esposa que pasan junto a él, pálidas y fantasmales apariciones, y la sigue con la mirada mientras ella cruza la habitación y se sienta en el borde de la ventana. Las luces de la calle la iluminan desde atrás, la hacen brillar, y Salvo recuerda cuán conmovedoramente hermosa puede ser su esposa.
Una ráfaga de viento lo hace volver a la realidad. “Éste no es el momento –se dice-. Ya no eres joven; es mejor que te concentres en tu tarea.”
A los 66 años, a Salvo le han dicho que es una locura intentar caminar por el cable entre las dos torres gemelas del World Trade Center de Manhattan. Salvo está de acuerdo en parte con esta opinión, pero eso no hace ninguna diferencia. Por supuesto que tiene miedo, por supuesto que conoce el peligro –pocos han sufrido más que él como resultado de caminatas que salieron mal-, pero eso no tiene importancia. Es el miedo lo que le permite saber que está cuerdo; el día que no tenga miedo será el día en que ya no camine más por el cable. Sabe que puede hacer esta caminata en el aire.
Salvo está erguido a 400 metros por encima del suelo. Ésta es la caminata a mayor altura que Salvo haya hecho, pero la altura no tiene importancia; uno se muere igual si se cae de 12 metros que de 400. Conocedor de la distancia, Salvo ha caminado por cables dos y hasta tres veces más extensos, lo cual es difícil, porque cuanto más largo es el cable de acero, mayor es el peligro de que se corte. Un cable muy largo puede aflojarse en el medio, y una de las cosas más difíciles es caminar por un cable que se inclina hacia abajo. Por lo menos Salvo tiene el consuelo de caminar solo. Él es el único responsable del resultado del intento de hoy.
Por su esfuerzo, Salvo recibirá 20.000 dólares, pero la compañía de seguros del agente se ha negado con firmeza a cubrir al equilibrista; la póliza solo cubre los daños que Salvo pudiera ocasionar si cayera sobre alguien o algo.
La zona de abajo del cable ha sido despejada. Desde donde Salvo está erguido, con los dedos de los pies curvados sobre el borde del edificio, apenas se ve a la policía montada, encargada de controlar a la gente, y la muchedumbre es una mancha borrosa. No le gusta que su público esté tan lejos. Sin la cercanía de la gente, sin el apoyo de su energía, el cable es un lugar solitario. El único consuelo para Salvo es que, como ha actuado tantas veces, sabe instintivamente cómo reaccionará la gente, puede imaginarlos con la misma claridad que si estuviera a cinco metros.
Salvo recibe la señal para empezar. Respira profundamente, se concentra y eleva una silenciosa plegaria. A lo largo de tantos años ha visto suficientes cosas como para saber que la habilidad y la suerte no bastan para llegar al otro extremo del cable de acero. Para sobrevivir necesita tener a Dios de su lado. Al menos pide que sea una presencia benigna; lo último que quiere es tener a Dios en su contra.

martes, 19 de julio de 2016

Un poema de Rubén Makinistian


Aprendí II

Alan miró a Ingmar, y éste leyó a aquél.

Yo, como Bergman, leí a Watts,
y, como éste, miré a aquél...
y, gracias al espíritu docente de ambos, aprendí:
que si el viento se detuviera para que nos 
apoderáramos de él, dejaría de ser viento;
que retando a jugar al ajedrez a la muerte
se gana tiempo para ejecutar aunque más
no sea un acto que le dé sentido a la vida;
que no hay libertad personal hasta tanto
no abolimos las circunstancias y las ilusiones;
que las relaciones nacen torvas, amenazantes, 
o se deterioran, porque en vez de decirnos
optamos por el silencio, los gritos, los susurros;
que el único gurú que nos trampea,
y que puede que no lo haga, es uno mismo;
que los agravios recibidos de niño nunca se olvidan;...

(Maurice Maeterlinck me enseñó
que hay pájaros azules;
María Zambrano, que en el principio era el delirio;
y Paul Celan, que la poesía puede ser suficiente
-Una red atrapó a una red:
nos separamos abrazados.

En el manantial de tus ojos
un ahorcado estrangula la cuerda-
para tachar el dolor.)

Rubén León Makinistian. Del libro Todo es prestado.

jueves, 28 de enero de 2016

Los justos - Hernán Casciari




Los miércoles a las nueve de la noche, hora de Nueva York, la cadena norteamericana ABC emite una serie de televisión que me gusta. A esa misma hora un mexicano llamado Elías, dueño de un vivero en Veracruz, la está grabando directamente a su disco rígido, y tan pronto como acabe subirá el archivo a Internet, sin cobrar un centavo por la molestia. Tiene esta costumbre, dice, porque le gusta la serie y sabe que hay personas en otras partes del mundo que están esperando por verla. Lo hace con dedicación, del mismo modo que trasplanta las gardenias de su jardín para que se reproduzca la belleza.
A las once de la noche de ese mismo miércoles, Érica, una violinista canadiense de venticuatro años que ama la música clásica, baja a su disco rígido la copia de Elías y desgraba uno a uno los diálogos para que los fanáticos sordomudos de la serie puedan disfrutarla; distribuye esos subtítulos en un foro tan rápido como puede. No cobra por ello ni le interesa el argumento: lo hace porque su hermano Paul nació sordo y es fanático de la serie, o quizás porque sabe que hay otra mucha gente sorda, además de su hermano, que no puede oír música y debe contentarse con ver la televisión.
A las 3:35 de la madrugada del jueves, hora venezolana, Javier baja en Caracas la serie que grabó Elías y el archivo de texto que redactó y sincronizó Erica. Javier podría ver el capítulo en idioma original, porque conoce el inglés a la perfección, pero antes necesita traducirlo: siente un placer extraño al descubrir nuevas etimologías, pero más que nada le place compartir aquello que le interesa. Para no perder tiempo, Javier divide el texto anglosajón en ocho bloques de tamaños parecidos, y distribuye por mail siete de ellos, quedándose con el primero.
Inmediatamente le llega el segundo bloque a Carlos y Juan Cruz, dos empleados nocturnos de un Blockbuster bonaerense que suelen matar el tiempo jugando al ajedrez, pero que ocupan los miércoles a la madrugada en traducir una parte de la serie, porque ambos estudian inglés para dejar de ser empleados nocturnos, y también porque no se pierden jamás un capítulo.
El tercer bloque de texto lo está esperando Charo, una ceramista de Alicante que está subyugada por la trama y necesita ver la serie con urgencia, sin esperar a que la televisión española la emita, tarde y mal doblada, cincuenta años después. El cuarto bloque lo recibe María Luz, una tipógrafa rubia y alta que trabaja, también de noche, en un matutino de Cuba: María Luz deja por un momento de diseñar la portada del diario y se pone rápidamente a traducir lo que le toca. Dice que lo hace para practicar el idioma, ya que desea instalarse en Miami.
El quinto bloque viaja por mail hasta el ordenador de Raquel y José Luis, una pareja andaluza que vive de lo poco que le deja una librería en el centro de Sevilla. Llevan casados más de venticinco años, no han tenido hijos, y hasta hace poco traducían sonetos de Yeats con el único objeto de poder leerlos juntos, ella en un idioma, él en otro. Ahora, que se han conectado a Internet, descubrieron que además de buena poesía existe también la buena televisión.
El sexto bloque le llega a Ricardo, en Cuzco: Ricardo es un homosexual solitario -y muchas noches deprimido- que traduce frenéticamente mientras hace dormir a su gato Ezequiel. El séptimo lo recibe Patrick, un inglés con cara de bueno que viajó a Costa Rica para perfeccionar su español, lo desvalijó una pandilla casi al bajar del avión pero igual se enamoró del país y se quedó a vivir allí. Y el octavo bloque le llega, al mismo tiempo que a todos, a Ashley, una chica sudafricana de madre uruguaya que es fanática de la serie porque le recuerda (y no se equivoca) a su libro favorito: La Isla del Tesoro.
Los ocho, que jamás se han visto las caras ni tienen más puntos en común que ser fanáticos de una serie de la televisión o de un idioma que no es el materno, traducen al castellano el bloque de texto que le corresponde a cada uno. Tardan aproximadamente dos horas en hacer su parte del trabajo, y dos horas más en discutir la exactitud de determinados pasajes de la traducción; después Javier, el primero, coordina la unificación y el envío a La Red. Ninguno de los ocho cobra dinero para hacer este trabajo semanal: para algunos es una buena forma de practicar inglés, para otros es una manera natural de compartir un gusto.
A esa misma hora Fabio, un adolescente a destiempo que vive en Rosario, a costas de sus padres a pesar de sus 23 años, encuentra por fin en el e-mule la traducción al castellano del texto. Con un programa incrusta los subtítulos al video original, desesperado por mirar el capítulo de la serie. A veces su madre lo interrumpe en mitad de la noche:
-¿Todavía estás ahí metido en Internet, Fabio? ¿Cuándo vas a hacer algo por los demás, o te pensás que todo empieza y termina en vos?
-Tenés razón mamá, ahora mismo apago -dice él, pero antes de irse a dormir coloca el archivo subtitulado en su carpeta de compartidos para que cualquiera, desde cualquier máquina, desde cualquier lugar del mundo, pueda bajarlo. Fabio jamás olvida ese detalle.
Los jueves suelo levantarme a las once de la mañana, casi a la misma hora en que Fabio, a quien no conozco, se ha ido a dormir en Rosario. Mientras me preparo el mate y reviso el correo, busco en Internet si ya está la versión original con subtítulos en español de mi serie preferida, que emitió ocho horas antes la cadena ABC en Estados Unidos. Siempre (nunca ha fallado) encuentro una versión flamante y me paso todo el resto de la mañana bajándola lentamente a mi disco rígido, para poder ver el capítulo en la tele después de almorzar. Mientras espero, escribo un cuento o un artículo para Orsai: lo hago porque me resulta placentero escribir, y porque quizás haya gente, en alguna parte, esperando que lo haga.
El artículo de este jueves habla de Internet. Dice, palabras más, palabras menos, algo que hace venticinco años dijo Borges mucho mejor que yo, en un poema maravilloso que se llama Los Justos:

    Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.
    El que agradece que en la tierra haya música.
    El que descubre con placer una etimología.
    Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
    El ceramista que premedita un color y una forma.
    Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
    Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
    El que acaricia a un animal dormido.
    El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
    El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
    El que prefiere que los otros tengan razón.
    Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Una navidad - Truman Capote



Una Navidad   
Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa -quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo-bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".
¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Un cuento de Rubén L. Makinistian

Amin Rahmin, Isaías Peres 

y Aldo de la Fuente

Nacieron en Córdoba, Andalucía, en el año 962.

Criados en las costumbres de sus respectivas culturas, les fueron prohibidas las amistades con niños de credos diferentes. No obstante, esto no impidió que ellos, a ocultas de sus familiares, se convirtieran en amigos entrañables.
Cuatro siglos más tarde, destacaron en el mundo intelectual español.

***   
Cuando tenían doce años, Amin, Isaías y Aldo tuvieron un encuentro cercano del cuarto tipo; esto es, fueron abducidos por extraterrestres.
Su secuestro, medido en tiempo del interior del ovni, fue de veinticuatro horas; medido en tiempo terrestre, de cuatro siglos.
*** 
Fueron liberados dormidos, siendo hombres cursando sus cuarentas.
Al despertar, se encontraron acostados sobre paja en un establo precario, con su nuevo aspecto y con que no recordaban nada de su vida previa salvo que eran amigos, cómo se llamaban y que, cuando chicos, jugando en el campo, habían sido enfocados por un rayo de luz más brillante que los del sol.
Se levantaron, salieron al día, comieron uvas de una vid vecina y se lanzaron a caminar sin rumbo. Así, llegaron a una ciudad que resultó ser Salamanca, donde, sin saber por qué, se dirigieron a la universidad.
En ella descubrieron que se los estaba esperando para que disertaran. Amin subió al estrado sin tener la más mínima idea de cuál tema podía abordar, pero habló de metafísica; lo propio le pasó a Isaías, pero habló de lógica; y otro tanto le ocurrió a Aldo, pero habló de algo que desconcertó a todos: de la existencia de vida inteligente en otros planetas.
Santiago Pacheco, el rector de la universidad, les ofreció cátedras y ellos aceptaron.
*** 
Transcurridos algunos días, los amigos comenzaron a recordar la extraña experiencia que habían vivido...
*** 
Transcurridos algunos meses, Pacheco los citó en su despacho y, cuando los tuvo ante sí, se desenmascaró. Ellos vieron que su rostro era como el de los alienígenas que habían conocido en la nave.

Makinistian, Rubén. Ficcionario (2009)

miércoles, 2 de septiembre de 2015

un cuento de Rubén L. Makinistian



Vamos, vejete... no seas quisquilloso

El otro día, al salir de la sesión de terapia familiar Sharon, Ringo y yo, subimos al auto y les dije malhumorado:
-Ésta fue mi última vez.
Sharon me dijo:
-No me extraña, porque el psicólogo defendió a tu hijo.
-Me importa un cuerno si lo defendió o no. No vengo más.
Ringo me dijo:
-Vamos, vejete... no seas quisquilloso.
-No me rompás, que te tengo entre ceja y ceja.
Sharon me dijo:
-No te la agarrés con el nene, que no te hizo nada.
-No... salvo obligarme a venir a terapia.
-¡Él no te obligó!
-Ah, ¿no? ¿Y quién hizo las boludeces que hizo en la escuela?
Ringo me dijo:
-No fue para tanto, viejo. Es la preceptora, que no tiene onda.
-¡Por supuesto, porque vos sos un santo!
Sharon me dijo:
-No, no es un santo, pero tampoco es un adulto.
-Me chupa lo que sea o no sea. Lo único que sé es que acá no vuelvo.
Ringo me dijo:
-Te ricordo, viejito, que la que nos mandó a hacer terapia fue la rectora.
-¡Y a mí qué! ¡Sos un pelotudo!
Sharon  me dijo:
-¡No te zafés! ¡Cuidá la boca!
-¡Y vos terminala de una vez con eso de estar siempre metida entre él y yo!
Ringo me dijo:
-En esta época, a mi edad aún se es una criatura, viejito.
-¡Parala con el viejo, viejito, vejete... que me las tenés hasta las rodillas!
Sharon le dijo:
-No le contestes, bebé. Está descontrolado.
Le dije a Ringo:
-Hacele caso a mami, bebé, no me contestes que estoy descontrolado.
Ringo me dijo:
-Te ponés nervioso y después te hace mal, te da acidez.
-No me pongo nervioso... ¡me ponen nervioso ustedes, vos y tu madre!
Sharon me dijo:
-Escuchalo a Ringo... calmate.
Les dije:
-No vengo más... No me lo pidan porque no vengo más.
Ringo me dijo:
-¿Y si te psicoanalizás, viejo?
-¿Y si te vas a cagar, pendejo?
Sharon nos dijo:
-Sigan, sigan... total yo soy la que paga los platos rotos.

Del libro Cuentos del baúl/Un poema, 2015


jueves, 30 de julio de 2015

Mario Levrero: entrevista y cuento



Mario Levrero
Entrevista inédita. A diez años de su muerte, Ñ rescata una larga charla con Mario Levrero, el escritor uruguayo que se convirtió en el gran descubrimiento de las letras latinoamericanas de este siglo.

Por Pablo Silva Olazaba



(...)
–¿Por qué te decidiste a tener una experiencia de un taller, a estimular a alguien a la creación?

–La primera vez que se me ocurrió eso fue en Buenos Aires. Fue cuando dejé de trabajar en una editorial como jefe de redacción de revistas de entretenimientos. Entonces tenía necesidad de ganarme la vida y entre otros recursos se me ocurrió hacer un taller literario. Para ello me asocié con una amiga que era profesora de Literatura (nota: Cristina Siscar) y que tenía los títulos adecuados como para convocar gente con cierta seriedad. Nos reunimos, preparamos unas consignas, de las más triviales, tipo taller común. Hicimos un poco de propaganda, conseguimos 4 o 5 alumnos y empezamos a trabajar con eso. Entonces sobre la marcha me fui dando cuenta del poco significado que tenían esas consignas. No tocaban las cosas esenciales.

–¿Cuáles eran esas consignas “tipo taller común”?

–Eran formas de juegos a partir de la palabra, con textos ajenos. Completar, seguir, imaginar. Siempre en función de la palabra y no de lo que hay atrás de la palabra. No de lo que es la materia prima de la literatura. Entre las consignas iniciales se me ocurrió poner algunas basadas en experiencias, por ejemplo, relatos que pueden salir a partir de un sueño. Enseguida vi que eso tenía mucho más resultado. Los textos eran más ricos y coloridos porque las consignas eran más movilizadoras. Entonces se me fue ocurriendo, en un proceso que no se dio enseguida sino a lo largo de bastante tiempo, que debía eliminar las consignas que tenían que ver con la palabra y trabajar con las consignas que yo iba rescatando de la experiencia personal.

–De tu experiencia como creador.

–Como escritor, sí.

–¿Qué es lo que se logra a partir de un sueño que no se logra con otro tipo de consigna?

–Los sueños tienen imaginación, están compuestos fundamentalmente de imágenes y son uno de los pocos vínculos que tiene alguna gente para conectarse con el inconsciente, que es el depósito de la experiencia personal más profunda y la materia prima esencial del arte, sea para la literatura o para cualquier otra disciplina artística.

–El arte es...

–El arte es hipnosis.

–En otras palabras…

–El arte es crear una especie de máquina de hipnotizar a otra persona para transmitirle vivencias o experiencias anímicas que no se traducen en hechos perceptibles. Escribís una historia y la historia que escribís es como una trampa que mantiene el interés del lector para que en ese estado vaya creyendo lo que está leyendo y vaya bajando los niveles críticos de la conciencia.

–Hablabas de que al principio del taller las consignas eran desde la palabra. ¿Eso dificultaría el contacto con el mundo interior?

–Si trabajás a partir de la palabra se reduce toda la estructura a un juego intelectual y terminás trabajando con las herramientas del yo. Te perdés así las herramientas de todo el resto del ser, que son mucho más contundentes.

–En una de las páginas de los talleres virtuales, en la web de Gabriela Onetto, señalás que las consignas buscan profundizar el mundo interior, navegar el inconsciente y ponernos en contacto con él.

–Claro.

–Y después, cuando recibís el producto de la consigna de alguien que va a tu taller ¿cómo hacés para evaluar si ha navegado o no en el inconsciente? ¿Tenés herramientas para eso? ¿Tiene algo que ver con el psicoanálisis?

–No, todo es intuitivo (largo silencio). No sé, vos te das cuenta cuando una persona está hablando con su voz más verdadera, más profunda. Eso da el estilo de la persona. El alumno que viene por primera vez al taller, por lo general tiene la idea de que debe tratar de escribir como se debe escribir. Todo el estilo personal está borrado, eliminado, y lo que recibís del alumno son penosos esfuerzos por meterse en un estilo convencional que él cree es lo mejor, lo ideal, porque lo recibió de distintas fuentes en las que él depositó gran confianza. En algún momento de su vida estas fuentes confiables le dijeron cómo se debe escribir. Todo esto no sirve para nada y hay que destruirlo. Hay que conseguir que el alumno pueda expresarse con su propia voz, su propio estilo. Vos te das cuenta cuando una persona está tratando de conseguir una voz convencional o cuando está diciendo las cosas tal como las siente.

–Y ahí entonces hacés una lectura de la estructura del relato, de las condicionantes psíquicas de cada uno…

–No, para nada. Nada de eso.

–¿No las mirás, por ejemplo, como si fueran devoluciones de una terapia?

–No, nada que ver. A veces el taller tiene efectos terapéuticos, pero son efectos secundarios que no son buscados por el taller. Yo lo que busco es oír la voz verdadera del alumno. Cuando oigo que se está expresando con el estilo que le calza, que tiene que ver con su manera de ser, con su forma de pensar, de sentir, y que no se parece a nada que yo haya oído, ya está. No me importan los contenidos. El tipo puede tener un contenido marxista, de Carlos Marx, o marxista de Groucho Marx. No importa, no interesa en absoluto. Somos únicos y a mí me interesa que sea él mismo.

–¿Y cómo podés convencer a otra persona que esa es la voz de él? A veces las personas leen en el taller y no notan la diferencia. No se dan cuenta si es su voz o no.

–Nadie se da cuenta.

–¿Nadie se da cuenta cuando lee con su propia voz? ¿Ni siquiera los que escuchan?

–Es lo mismo. Tanto cuando escucha como cuando lee, la gente todavía está muy encerrada en los contenidos. Juzga un texto por los contenidos. A veces incluso por los sonidos, por la combinación de palabras. Cuando alguien dice “me gustó mucho tu texto en la parte que decís tal cosa”, quiere decir que el texto no está bien, pero destaca algo que sobresalió, algo que fue pensado o salió por casualidad con una forma especialmente afortunada, que se despega del contexto, y que en cierto modo es un parche, una cosa fallida dentro del texto general. Entonces se rescata “al menos” eso. La gente presta atención a los contenidos, a los argumentos, a las afortunadas combinaciones de palabras, incluso a las ingeniosidades, que no tienen nada que ver con la literatura. Lo único que importa en literatura es el estilo. Una vez que se alcanzó eso se puede decir lo que quieras. Cualquier narración, cualquier cosa que pongas va a estar bien, se va ajustar perfectamente con lo que estás expresando. Puede ser algo desagradable, o nada edificante, pero ése sos vos, un ser único. El estilo personal es imposible de alcanzar con oficio. No hay oficio que lo pueda conseguir.

–¿Y la hipnosis sólo se logra cuando el texto está escrito con estilo personal? ¿O eso es algo que se puede, digamos, simular o falsear? ¿El estilo personal está vinculado a la hipnosis del arte?

–En cierto modo sí porque… aclaro que esto de la hipnosis del arte no es una idea mía, está sacado de un libro, Psicoanálisis del Arte de Charles Baudouin. Este autor va incluso más allá, dice por ejemplo que cuando mirás un cuadro las formas del cuadro obligan a los ojos a hacer un camino preestablecido. Los ojos se mueven y siguen una serie de líneas y colores y sin que te des cuenta eso comienza a provocarte un pequeño trance. Y en ese trance lo que uno recibe es algo que no está en el cuadro sino en el alma del artista. O sea que la hipnosis permite transmitir el contenido de un alma a otra alma, independientemente del tema del cuadro. Siguiendo tu pregunta, me parece que si el texto está logrado, si está narrado con el estilo personal, uno entra inevitablemente en ese tipo de trance, que no es el trance habitual de quedarse dormido, aunque una vez me dormí con unos relatos de Mónica. Me dormí y hasta ronqué (risas), pero después pude comentar todos los pasajes. Dormido lo seguía escuchando.

–¿Te transporta, te hace imaginar lo que estás escuchando?

–No. Es una captación especial. El trance se da también cuando leés sin que nadie te hable. Es simplemente… a ver, una idea contemporánea del trance es que cualquier forma de concentración es un trance. Tu estás estudiando y te concentrás. Ahí ya entrás en cierta forma de trance. Si ahora, hablando conmigo, me prestás gran atención, entonces también estás entrando en cierta forma de trance. Hay un tipo de trance que es específicamente artístico, literario, pictórico, que tiene por finalidad suprimir la crítica intelectual. Entonces si vos estás creyendo lo que lees, lo que ves, estás creyendo en la película cuando estás en el cine, si crees que eso está sucediendo en la realidad –cuando es obvio que no– estás en trance. La obra atrapa tu atención de tal forma que el autor en ese momento, no se sabe bien cómo, digamos que bajo cuerda, te trasmite contenidos de su alma que no es posible ver en la obra porque no están ahí. Al menos no están explícitos. Yo por ejemplo capto mucho de los alumnos a través de los textos porque estoy tratando de captar al alumno en su totalidad, no en lo que me está diciendo, que no me interesa, sino en una cantidad de pequeñas cosas que forman un todo que es él, el alumno. Sus gestos, su voz, todo. ¿Entendés lo que estoy diciendo? Me parece que suena algo confuso. A ver, pongamos un ejemplo, a veces soñás con una persona y cuando despertás te das cuenta de que su aspecto en el sueño no correspondía con esa persona. La imagen podía ser cualquier cosa, podía ser otro, o podía ser algo que apenas se veía pero no obstante ello, de un modo inexplicable vos sabías en el sueño que esa persona era él y no otra. ¿Nunca te pasó eso?

–No.

–Hay elementos invisibles, inasibles, de una persona que son los que componen el Ser. Es lo que aparece cuando uno dice “este sentimiento es fulano”. En el sueño sabés que es él, pero no sabés porqué, la imagen no corresponde, la situación no corresponde, pero vos igual sabés que es esa persona. Estos elementos intangibles no tienen forma fija de expresión convencional y se captan vía inconsciente en los estados de trance o en los sueños. Es decir, en los estados que no están supervisados por el yo. Estados donde se suspendió la función crítica del intelecto.

–¿El objetivo del taller sería que una persona escriba desde su voz interior?

–Claro.

–Ahí el taller estaría redondeado.

–Que el alumno sea lo que es.

–¿Pero a nivel artístico no hay necesidad de otras cosas, de cuestiones técnicas de equilibrio, de proporción? ¿O cuando se logra hablar desde el yo eso ya viene incluido?

–Exacto. Todas esas medidas que inventaron los críticos, son a posteriori. Primero está la obra y después viene el análisis de los recursos, técnicas y esto y lo otro… pero el artista no tiene que pensar en eso, el artista tiene que pensar en lo que siente y en lo que está viendo en su mente y ponerlo. Eso ya tiene un equilibrio propio, da un equilibrio artístico. Que sea convencional o no es otra cosa, pero no se construye el arte con técnicas. Tú preguntabas antes si la hipnosis del arte se puede dar por medios técnicos sin poner en juego el alma y resulta claro que sí, evidentemente eso es posible. Podés conseguir atrapar la atención y lograr una gran concentración del que recibe el mensaje, sea pictórico, literario, por medios exclusivamente técnicos sin poner en juego nada personal. Es algo muy difícil de lograr, algo que da mucho trabajo y el resultado… Hay obras que te encantan, que son exclusivamente intelectuales y que igual te atrapan, pero no sé bien qué queda al final de todo eso. Tiendo a pensar que no queda mucho, al menos no como memoria personal. Es decir no queda como una experiencia personal, algo que uno abrigue al extremo de sentir, de decir “esto yo lo viví”. Son sólo pequeños trances que consiguen captar la atención del lector sin modificarlo.


Un cuento de Mario Levrero



Noveno piso  

UNO
-Noveno piso -digo al pequeño ascensorista. Tengo la mano derecha metida en el bolsillo del saco. Con la izquierda me aliso innecesariamente la solapa. "Le apuesto que no llega". ¿Dijo realmente: "le apuesto que no llega"? Lo miro a los ojos. Enarco las cejas.
-Ya verá -dice, realmente, en voz alta. La sonrisa enigmática del muchacho (¿o es un enano?), me pone nervioso. Él sabe algo que yo ignoro. Yo, en cambio, debo saber seguramente muchas cosas que él ignora.
-Por ejemplo... -le digo, pero hemos llegado. Las puertas se abren automáticamente. Miro el indicador: la aguja señala, recién, el primer piso. Sube una mujer gorda, vestida de negro. Huele mal. Se ha echado perfume y detecto una cantidad enorme de componentes, el perfume me resulta muy desagradable y hay algunos de esos componentes que me provocan asociaciones de ideas que no logro asir. Después entran otras personas, a las que no presto atención: sólo un alfiler de corbata, sobre una corbata con mucho amarillo. El alfiler tiene engarzada una piedra anaranjada opaca, y es esta piedra lo que observo mientras sigo percibiendo el perfume asqueroso y trato de ubicar las imágenes exactas correspondientes a las asociaciones de ideas que desata en mi mente. Me esfuerzo en vano.
El chico ascensorista, o enano payasesco con ropas de ascensorista que son demasiado grandes para él, ha quedado oculto. Sospecho sin embargo que conserva su sonrisa enigmática, y pienso otra vez en aquellas palabras que creí escuchar. Él sabe algo que yo ignoro, algo que me es vital.
Subimos. Después de mucho rato (qué lento es este ascensor, Dios mío, qué calor sofocante) llegamos al segundo piso. Las puertas se abren, entra más gente. Soy apretado contra el fondo del ascensor, ya definitivamente separado del enano. Luego seguimos subiendo. Cierro los ojos y me dejo estar en el efecto nauseabundo de la mezcla de sensaciones. No hay nada grato en este ascensor. Quizás debiera haber subido por la escalera. Nueve pisos, es cierto; pero en cambio... Tercer piso. Entran más. La subida se hace más lenta, más lenta... El aparato tiembla ligeramente y el piso cruje. Temo que el piso cede, no debería cargar tanto este muchacho. Quisiera gritarle, al enano, que detenga este viaje de locos. Que quiero llegar al noveno piso, como sea; que así, como él bien había dicho antes, nunca llegaré, nunca llegaremos, nunca nadie llegará a ninguna parte. Imagino la sonrisa.

DOS
El ascensor se sigue cargando; y en el sexto piso, casi en un desmayo (estoy sofocado por el calor, mareado por el perfume, asqueado por el contacto con tantos cuerpos), siento no que el piso cede, sino que caemos. Probablemente se hayan roto los cables, por el peso, y ahora el ascensor cae, vertiginosamente, con una velocidad que jamás habría alcanzado para subir. Ni para bajar normalmente. Las mujeres gritan. Siento una risa que no puede pertenecer a nadie más que al enano. Lo imagino, dentro de las limitaciones del espacio, dando saltitos y palmeando de gozo. Creo escuchar su voz: "Le dije, señor, que no llegaba". Luego el estrépito final, la obscuridad, el griterío, algunos ayes doloridos y más tarde silencio.
La caja del ascensor está deshecha, estoy en el sótano, sobre una pila de cadáveres sanguinolentos. Todavía me llega el olor del perfume de la mujer gorda. Tengo que salir de aquí. En la escasa luz que llega al sótano, desde los pisos superiores, no me es dado ver aún casi nada; sólo miembros hechos pulpa y un color rojo, de los cuerpos que tengo más cerca. "Alguien vendrá a socorrerme", pienso, pero no puedo esperar. Tengo que salir de aquí en seguida; ella me espera, supongo.