sábado, 11 de febrero de 2012

Un cuento


Habitación 134
Adriana A. Herzig*
El pasillo era estrecho y un tanto oscuro. Por él avancé muy despacio, era como si algo me impidiera hacerlo rápido como la ocasión exigía. Casi en cámara lenta lo recorría. Un paso delante del otro, cauteloso. ¿Qué me esperaba al final? Se veía la puerta color crema brillosa típica de sanatorio al fondo. Estaba cerrada. Agradecí interiormente eso. Odiaba ver los enfermos en estado lamentable y poco presentable. Al menos tener que golpear les daba tiempo para tapar sus penurias, ocultarlas con la manta o acomodarse un poco para esconderlas. No quería llegar, cada vez lo hacía con mayor lentitud. Aunque ya distinguía el número de la habitación. Era el 134. Era la puerta que buscaba o mejor dicho era la puerta que me aguardaba. Sentí que no era necesario entrar en ese instante. Quizás podía volver al otro día. Ya se sentiría mejor y yo más preparada, no sabía ni qué decir, podría planear las frases más acertadas para el día próximo. Necesitaría por lo menos una noche para pensarlo bien. ¿Por qué había salido como loca cuando corté el teléfono? ¿Qué me atacó? ¿Una irrupción de responsabilidad?...Quedaban pocos pasos más. No se veía nadie en este pasillo por lo tanto nadie notaría que había estado ahí, que me había acercado, que había dado la vuelta y me había ido…Era el momento oportuno. Y así lo hice. Di un giro y salí disparada como un trompo. Cuando llegué a la escalera para bajar un piso, me encontré con su sobrina. Justo ahí, frente a frente. En cuanto me vio me preguntó si ya había subido, si había estado acompañando. Le dije que sí que ya tenía que volver al trabajo. Y ¿cómo está? Se va a reponer. Y ¿te conoció? Dormía. Y ¿se queja mucho? Dormía. ¿Muchas heridas? No quise mirar atrevidamente, sólo estar. ¿No hay nadie más? No, pero no puedo quedarme. Suerte que llego entonces. Suerte. Y ¿viste al médico? No, a nadie. Y ni a la enfermera. A sí, es encantadora, se va a ocupar de todo, te dejo porque no llego a horario. Sí, claro…
¿Por qué había mentido otra vez? ¿Por qué inventé todo esto? Si en la habitación había alguien ocupándose, quedaría al descubierto innecesariamente. Mejor volvía y le decía a la sobrina que la acompañaba un rato más. Pero ¿y el trabajo? No podía decirle que me había equivocado de hora, era el colmo. ¿Por qué odio tanto los hospitales o sanatorios o lo que fuere? ¿Para qué vine? me pregunté una y otra vez. Mejor me voy afuera y pienso cómo resuelvo lo de la sobrina. También venir hasta acá y no entrar ni hablar con nadie. En realidad venir hasta acá para escapar… ¿Para qué me habrán llamado a mí por teléfono? Todo el mundo sabe de mi incapacidad para estas cuestiones. Bueno, para éstas y para muchas más… No podía ayudar, por eso me fui. Fui coherente, pensé y razoné con mucha inteligencia. No quise molestar, o mejor dicho, no quise molestarme. Otra vez evité una situación incómoda para mí. Me escapé para no hacer frente. Después de todo era entrar, saludar, preguntar cómo había pasado, cómo estaba, si se repondría pronto, si necesitaba algo. ¿Ves como sabía qué decir? Vuelvo, mejor vuelvo y digo todo ese parloteo. Pero ¿y la sobrina? Tarde, no servía después de haber escapado. Quizás convenga esperar hasta el día siguiente, analizar la situación, pensar con claridad después de este encuentro tan poco oportuno. Ya no me perseguiría más con esta limitación con los sanatorios y las situaciones en las cuales no sabía qué decir. Pero en realidad sí sabía, no podía decir, capaz era eso, no podía decir. Es culpa de Juan, siempre me resolvió las situaciones en las que no sabía cómo actuar porque él siempre sabía cómo hacerlo y me acompañaba y se expresaba tan bien y hacía todo lo que corresponde, siempre por los dos. Pero yo, después de tantos años, no aprendí cómo actuar en cada circunstancia. Quizás no quise aprender. Pero sí sabía. Bien que había podido imaginar muy bien qué decir. Claro, que todo el guión era correcto si lo hubiera ejecutado antes de encontrar a la sobrina y no después de haber mentido que había estado allí sin haberlo hecho. Mejor no aparezco más por el sanatorio ni por la habitación 134 ni al otro día ni nunca. Llamarme a mí, por qué a mí, Juan. ¿Habrá querido verme a mí? Imposible. Él nunca necesitó de mí. No tendría que haber contestado el teléfono. Después de todo para qué existen los identificadores de llamada si yo nunca los miro. Si lo hubiera mirado no hubiera atendido, por las dudas, y no hubiera ido y estaría muy tranquila en casa y no tendría que vérmela mañana con esta situación incómoda, absurda y molesta. Otra vez sonando. Miro el número esta vez para no arrepentirme. Llamada privada. No atiendo. Mensaje de voz. Un alivio. Me entero sin hablar con nadie. “¿Dónde te metiste? Papá acaba de morir. Vení rápido a la habitación 134”   

*Adriana Alicia Herzig es escritora y vive en Villa de Merlo, San Luis