jueves, 22 de noviembre de 2012

Un poema de Rubén León Makinistian



Relato de un anciano

... Entonces,
apenas comencé a ver,
es decir,
a captar alrededores,
digamos,
ni bien comencé a ser un poco fantasma,
asustado decidí huir a refugiarme
en los pasadizos de la razón,
donde, supuse,
la oscuridad me ayudaría a recuperar yoez, concretud...

Y, en el inicio en el que huí, no me equivoqué...
o, más bien,
supuse que no me había equivocado,
porque se me dio la fortuna de dejar de ver.

Pero, luego...
bueno,
es sabido que rondar por la oscuridad no es algo seguro,
y ocurrió lo que había supuesto
que podría llegar a ocurrir:
fui acostumbrándome a la falta de luz,
y recomencé a ver...
recomencé a ser fantasma, a perder yoez.

Y, claro,
como no podía ser de otra manera,
me ofusqué y rumié:
¿para esto tanta negrura, falta de colores,
tiempo apagado, tanta vida avejentándose?

... Hasta que...
antes que lo segundo está lo primero,
me resigné...
y, tranquilizado, me quedé, seguí viendo,
continué perdiendo yoez...
hasta que...
después de lo primero sobreviene lo segundo,
acepté...
y, entregado,
primero,
ya lo dije, antes que lo segundo está lo primero,
seguí viendo y ávido, y,
segundo,
ya lo dije, después de lo primero sobreviene lo segundo,
seguí viendo y meramente por ver.

Terminando con el relato...
con los siglos,
primero,
se acabó la yoez, se consumó lo impalpable, y,
segundo,
se realizó la ancianidad.

Del libro Realidades y ejercicios, 1997