viernes, 25 de diciembre de 2015

Una navidad - Truman Capote



Una Navidad   
Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa -quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.
Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.
Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo-bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.
Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".
¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.
Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. El caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Un cuento de Rubén L. Makinistian

Amin Rahmin, Isaías Peres 

y Aldo de la Fuente

Nacieron en Córdoba, Andalucía, en el año 962.

Criados en las costumbres de sus respectivas culturas, les fueron prohibidas las amistades con niños de credos diferentes. No obstante, esto no impidió que ellos, a ocultas de sus familiares, se convirtieran en amigos entrañables.
Cuatro siglos más tarde, destacaron en el mundo intelectual español.

***   
Cuando tenían doce años, Amin, Isaías y Aldo tuvieron un encuentro cercano del cuarto tipo; esto es, fueron abducidos por extraterrestres.
Su secuestro, medido en tiempo del interior del ovni, fue de veinticuatro horas; medido en tiempo terrestre, de cuatro siglos.
*** 
Fueron liberados dormidos, siendo hombres cursando sus cuarentas.
Al despertar, se encontraron acostados sobre paja en un establo precario, con su nuevo aspecto y con que no recordaban nada de su vida previa salvo que eran amigos, cómo se llamaban y que, cuando chicos, jugando en el campo, habían sido enfocados por un rayo de luz más brillante que los del sol.
Se levantaron, salieron al día, comieron uvas de una vid vecina y se lanzaron a caminar sin rumbo. Así, llegaron a una ciudad que resultó ser Salamanca, donde, sin saber por qué, se dirigieron a la universidad.
En ella descubrieron que se los estaba esperando para que disertaran. Amin subió al estrado sin tener la más mínima idea de cuál tema podía abordar, pero habló de metafísica; lo propio le pasó a Isaías, pero habló de lógica; y otro tanto le ocurrió a Aldo, pero habló de algo que desconcertó a todos: de la existencia de vida inteligente en otros planetas.
Santiago Pacheco, el rector de la universidad, les ofreció cátedras y ellos aceptaron.
*** 
Transcurridos algunos días, los amigos comenzaron a recordar la extraña experiencia que habían vivido...
*** 
Transcurridos algunos meses, Pacheco los citó en su despacho y, cuando los tuvo ante sí, se desenmascaró. Ellos vieron que su rostro era como el de los alienígenas que habían conocido en la nave.

Makinistian, Rubén. Ficcionario (2009)