domingo, 15 de octubre de 2017

¿Qué son las palabras?


DE LA NATURALEZA DE LAS COSAS  - TITO  LUCRECIO  CARO
LIBRO IV

(…)
Así que las palabras y las voces
 Constan de corporales elementos,
 Supuesto que nos pueden hacer daño.
 Bien sabes tú cuánto destruye el cuerpo,
 Cuánto se debilitan fuerza y nervios   750
 De los que conversaron largamente
 Desde que asoma la brillante aurora
 Hasta la sombra de la obscura noche,
 Si ha sido la disputa acalorada.
 Es corpórea la voz, puesto que pierde
 El parlero gran parte de substancia.
 La aspereza de voz y la dulzura
 Nacen de la figura de los átomos;
 Pues no hieren lo mismo los oídos
 Cuando los graves y profundos toques   760
 Oímos del clarín, y en ronco estruendo
 Retumban las bocinas retorcidas,
 Y los cisnes nacidos en los valles
 Frescos del Helicón con voz de llanto
 Entonan sus lamentos, armoniosos.
(…)

Tito Lucrecio Caro: (99 - 55 aC.) Poeta y filósofo romano, autor de un único texto que se conozca: el poema didáctico De rerum natura, De la naturaleza de las cosas, publicada por Cicerón. La obra recoge y vulgariza en gran medida la doctrina materialista de Epicuro, según la cual el mundo está constituido por átomos, elementos indivisibles que, por ser extremadamente tenues, escapan a nuestros sentidos y cuyo número es infinito.
Los seis libros del poema están dispuestos por parejas: los dos primeros corresponden a la física atomista; el tercero y cuarto a la psicología y los dos últimos están dedicados a la historia del cosmos y de la humanidad. Es un total homenaje a Epicuro, como lo demuestra al comienzo de cada libro.

Tanto Giordano Bruno como Gassendi estudiaron a través de su obra el epicureísmo. Influyó en personas tan dispares como Hobbes, Vico o Milton. Actualmente, se le reconoce como una de las voces más auténticas y profundas de toda la poesía clásica.

lunes, 26 de junio de 2017

Un poema

Aciertos


Que la ciencia se puede aprender de memoria,
pero la sabiduría, no, como opinaban Tristram Shandy
y Laurence Sterne, me parece cierto, como cierta
la historia que relató Pablo López:
La luna se levantó sobre el mar donde navegaban
los piratas. La luna era un plato de leche que bebía
un gato, el gato de Axelle,
y cierto eso de Ortega y Gasset:
el ciprés es como el espectro de una llama muerta,
de Dalmiro Sáenz:
El envase de nuestra idea es parte de nuestra idea,
de William Shakespeare:
¿Acaso es posible dorar el oro, pintar el lirio
o perfumar la violeta?,
de Orlando González Esteva:
Las palabras son islas
fabulosas, dispersas
en el mar del silencio,
de T. S. Eliot:
los últimos dedos de las hojas
se aferran y se hunden en la ribera húmeda,
de Yevgeny Yevtushenko:
Cae la nieve pura como
si resbalara por hilos,
y de Breyten Breytenbach:
Al mar no podemos regresar
el mar ha envejecido
muestra arrugas blancas y espuma alrededor de los labios.

Rubén L. Makinistian - Todo es prestado, 2012


sábado, 4 de febrero de 2017

El equilibrista - Steven Galloway


Uno

El viento es constante y sopla frío en la cara y las manos de Salvo Usari, pero no lo desanima. Mete una mano en el bolso que lleva a la cintura, saca un poco de talco de bebé y se frota las dos manos. Además de la finalidad práctica de impedir que se le escape la vara de 35 kilos que lleva para mantener el equilibrio, el talco tiene un olor especial que le recuerda el pasado, las caminatas que hacía media vida atrás, a sus hijas mellizas cuando eran unas criaturas pequeñas y chillonas, y a su esposa después de bañarse.
Salvo sonríe mientras uno de esos momentos inunda su conciencia. Hace unos cuarenta años; sus hijas tienen apenas dos años, y su esposa acaba de ponerlas a dormir. Salvo está acostado de espaldas, tratando de extender un tendón de la pierna que ha forzado sin necesidad. Siente la punzada de dolor; ve las piernas de su esposa que pasan junto a él, pálidas y fantasmales apariciones, y la sigue con la mirada mientras ella cruza la habitación y se sienta en el borde de la ventana. Las luces de la calle la iluminan desde atrás, la hacen brillar, y Salvo recuerda cuán conmovedoramente hermosa puede ser su esposa.
Una ráfaga de viento lo hace volver a la realidad. “Éste no es el momento –se dice-. Ya no eres joven; es mejor que te concentres en tu tarea.”
A los 66 años, a Salvo le han dicho que es una locura intentar caminar por el cable entre las dos torres gemelas del World Trade Center de Manhattan. Salvo está de acuerdo en parte con esta opinión, pero eso no hace ninguna diferencia. Por supuesto que tiene miedo, por supuesto que conoce el peligro –pocos han sufrido más que él como resultado de caminatas que salieron mal-, pero eso no tiene importancia. Es el miedo lo que le permite saber que está cuerdo; el día que no tenga miedo será el día en que ya no camine más por el cable. Sabe que puede hacer esta caminata en el aire.
Salvo está erguido a 400 metros por encima del suelo. Ésta es la caminata a mayor altura que Salvo haya hecho, pero la altura no tiene importancia; uno se muere igual si se cae de 12 metros que de 400. Conocedor de la distancia, Salvo ha caminado por cables dos y hasta tres veces más extensos, lo cual es difícil, porque cuanto más largo es el cable de acero, mayor es el peligro de que se corte. Un cable muy largo puede aflojarse en el medio, y una de las cosas más difíciles es caminar por un cable que se inclina hacia abajo. Por lo menos Salvo tiene el consuelo de caminar solo. Él es el único responsable del resultado del intento de hoy.
Por su esfuerzo, Salvo recibirá 20.000 dólares, pero la compañía de seguros del agente se ha negado con firmeza a cubrir al equilibrista; la póliza solo cubre los daños que Salvo pudiera ocasionar si cayera sobre alguien o algo.
La zona de abajo del cable ha sido despejada. Desde donde Salvo está erguido, con los dedos de los pies curvados sobre el borde del edificio, apenas se ve a la policía montada, encargada de controlar a la gente, y la muchedumbre es una mancha borrosa. No le gusta que su público esté tan lejos. Sin la cercanía de la gente, sin el apoyo de su energía, el cable es un lugar solitario. El único consuelo para Salvo es que, como ha actuado tantas veces, sabe instintivamente cómo reaccionará la gente, puede imaginarlos con la misma claridad que si estuviera a cinco metros.
Salvo recibe la señal para empezar. Respira profundamente, se concentra y eleva una silenciosa plegaria. A lo largo de tantos años ha visto suficientes cosas como para saber que la habilidad y la suerte no bastan para llegar al otro extremo del cable de acero. Para sobrevivir necesita tener a Dios de su lado. Al menos pide que sea una presencia benigna; lo último que quiere es tener a Dios en su contra.