sábado, 4 de febrero de 2017

El equilibrista - Steven Galloway


Uno

El viento es constante y sopla frío en la cara y las manos de Salvo Usari, pero no lo desanima. Mete una mano en el bolso que lleva a la cintura, saca un poco de talco de bebé y se frota las dos manos. Además de la finalidad práctica de impedir que se le escape la vara de 35 kilos que lleva para mantener el equilibrio, el talco tiene un olor especial que le recuerda el pasado, las caminatas que hacía media vida atrás, a sus hijas mellizas cuando eran unas criaturas pequeñas y chillonas, y a su esposa después de bañarse.
Salvo sonríe mientras uno de esos momentos inunda su conciencia. Hace unos cuarenta años; sus hijas tienen apenas dos años, y su esposa acaba de ponerlas a dormir. Salvo está acostado de espaldas, tratando de extender un tendón de la pierna que ha forzado sin necesidad. Siente la punzada de dolor; ve las piernas de su esposa que pasan junto a él, pálidas y fantasmales apariciones, y la sigue con la mirada mientras ella cruza la habitación y se sienta en el borde de la ventana. Las luces de la calle la iluminan desde atrás, la hacen brillar, y Salvo recuerda cuán conmovedoramente hermosa puede ser su esposa.
Una ráfaga de viento lo hace volver a la realidad. “Éste no es el momento –se dice-. Ya no eres joven; es mejor que te concentres en tu tarea.”
A los 66 años, a Salvo le han dicho que es una locura intentar caminar por el cable entre las dos torres gemelas del World Trade Center de Manhattan. Salvo está de acuerdo en parte con esta opinión, pero eso no hace ninguna diferencia. Por supuesto que tiene miedo, por supuesto que conoce el peligro –pocos han sufrido más que él como resultado de caminatas que salieron mal-, pero eso no tiene importancia. Es el miedo lo que le permite saber que está cuerdo; el día que no tenga miedo será el día en que ya no camine más por el cable. Sabe que puede hacer esta caminata en el aire.
Salvo está erguido a 400 metros por encima del suelo. Ésta es la caminata a mayor altura que Salvo haya hecho, pero la altura no tiene importancia; uno se muere igual si se cae de 12 metros que de 400. Conocedor de la distancia, Salvo ha caminado por cables dos y hasta tres veces más extensos, lo cual es difícil, porque cuanto más largo es el cable de acero, mayor es el peligro de que se corte. Un cable muy largo puede aflojarse en el medio, y una de las cosas más difíciles es caminar por un cable que se inclina hacia abajo. Por lo menos Salvo tiene el consuelo de caminar solo. Él es el único responsable del resultado del intento de hoy.
Por su esfuerzo, Salvo recibirá 20.000 dólares, pero la compañía de seguros del agente se ha negado con firmeza a cubrir al equilibrista; la póliza solo cubre los daños que Salvo pudiera ocasionar si cayera sobre alguien o algo.
La zona de abajo del cable ha sido despejada. Desde donde Salvo está erguido, con los dedos de los pies curvados sobre el borde del edificio, apenas se ve a la policía montada, encargada de controlar a la gente, y la muchedumbre es una mancha borrosa. No le gusta que su público esté tan lejos. Sin la cercanía de la gente, sin el apoyo de su energía, el cable es un lugar solitario. El único consuelo para Salvo es que, como ha actuado tantas veces, sabe instintivamente cómo reaccionará la gente, puede imaginarlos con la misma claridad que si estuviera a cinco metros.
Salvo recibe la señal para empezar. Respira profundamente, se concentra y eleva una silenciosa plegaria. A lo largo de tantos años ha visto suficientes cosas como para saber que la habilidad y la suerte no bastan para llegar al otro extremo del cable de acero. Para sobrevivir necesita tener a Dios de su lado. Al menos pide que sea una presencia benigna; lo último que quiere es tener a Dios en su contra.

Salvo toma la vara para el equilibrio, confiando en tener que enfrentar sólo desafíos terrenales. El viento que pasa por el cable produce un sonido parecido al de un agudo de violín. Al pisar el cable, el peso de su cuerpo lo silencia un instante, y luego reanuda su canción. Cada paso de Salvo interrumpe esa canción de una sola nota, pero entre un paso y otro comienza de nuevo. “Es como si el cable de acero tratara de tocarme una marcha fúnebre –piensa Salvo-, y a cada paso que doy lo obligo a comenzar otra vez. Mientras siga caminando no podrá completar su canción y todo saldrá bien.”
El acero se clava en sus pies a través de las zapatillas de baile que lleva puestas, y siente el viento que pasa por su traje de algodón. Salvo no utiliza la ropa convencional, ajustada al cuerpo. No le molesta usarla cuando hace equilibrio bajo techo, pero para una caminata como ésta prefiere ropa más holgada, porque los pliegues de su traje blanco como la nieve funcionan como antenas, son una forma de sentir la fuerza y la dirección del viento.
Para un hombre de su edad, incluso para un hombre de la mitad de su edad, Salvo tiene un estado físico excepcional. Es delgado y flexible e indudablemente fuerte; su contextura liviana oculta una musculatura poco común para su tipo corporal. Su cabello ha virado de un castaño oscuro a un canoso plateado que lleva con gran dignidad, aun cuando comienza a tener entradas. Los labios finos y correosos cubren unos dientes que, son de un blanco casi anormal. Su rostro, todavía apuesto al cabo de 66 años de ardua vida al aire libre, irradia una serenidad que lo hace confiable. Es esa clase de persona que cae bien a cualquiera. Pero lo más llamativo de Salvo son sus ojos. Profundos, enmarcados por unas cejas tupidas y oscuras, que son del color de un bosque esmeralda, capaces de ser fríos y penetrantes un momento, y calmos y suaves al siguiente. Pueden demostrar bondad o enojo mucho más efectivamente que las palabras. Cuando alguien piensa en Salvo, piensa primero en sus ojos.
El cielo está gris, nublado, de ninguna manera el clima adecuado para un 4 de julio, y mucho menos para caminar por el aire, pero Salvo lo prefiere al sol brillante y el calor sofocante que habían pronosticado. El aire caliente que sube de las calles puede crear desagradables corrientes que son mucho más peligrosas que una brisa. De todos modos, no desearía estar aquí con tormenta.
“Viejo tonto –se reta-. Estás a 110 pisos del suelo y te preocupas porque te caiga un rayo.” Aparta esos pensamientos de su mente, ignorando que aquí,  a 400 metros de altura, llevando una vara larga, conductora de la electricidad, y caminando por un cable de acero, él es el equivalente humano de un pararrayos. Da otro paso hacia adelante, silenciando otra vez el cable.
Salvo se sume en un estado de intensa concentración. Está a apenas un cuarto de su recorrido, y la parte más difícil todavía no ha llegado. La vara se vuelve cada vez más pesada; pero en lugar de fatigarse, él la convierte en una extensión de su cuerpo, de modo que el peso lo mantiene estable. La tela de la pierna izquierda de su vestimenta se pone tirante por una ráfaga demasiado fuerte. Salvo utiliza la vara para recuperar el equilibrio y toma nota mental para prestar más atención a esas ráfagas. El viento sopla con ferocidad entre estos edificios, algo que a un tiempo asusta y energiza a Salvo.
En una oportunidad, un periodista le preguntó qué se sentía al caminar por encima de la gente, con la muerte acechando desde abajo y el éxito lejos, en la otra plataforma. Sin saber qué responder, Salvo dijo que es como ser un pájaro, un águila, pero sabía que no es verdad. Las águilas tienen alas. Cuando un águila vuela, sabe que nos e va a caer. Él es un hombre, nada más,  pero un hombre que se atreve a hacer cosas que otros simplemente miran, admiran, envidian. Antes caminaba para esa gente tanto como para él. Hoy, sin embargo, está haciéndolo sólo para su propia satisfacción. Ésta es la diferencia de las caminatas solo. Todos los pasados éxitos y fracasos y problemas del mundo de abajo desaparecen de su memoria. Cuando está entre la gente, es uno de ellos, con esperanzas y miedos y recuerdos de cosas que han salido mal. Aquí es atemporal, un hombre sobre un cable, muy por encima de todo, en un lugar separado. No es libre, pero sí lo más libre que pueda nunca llegar a ser.
Ahora Salvo está casi a mitad de camino, a buen ritmo pero sin apresurarse, y las cosas van saliendo bien. El cable se mantiene tenso y el viento no es fuerte. En la mitad del cable han puesto una cinta roja que marca el lugar donde Salvo ha aceptado hacer la vertical, un regalo especial para los espectadores. Los promotores también le han pedido que despliegue una bandera estadounidense entre las piernas. No aceptó. No sólo es algo innecesariamente peligroso, sino que Salvo es un acróbata, no un político. Por otra parte, él ni siquiera es estadounidense.
Para Salvo, hacer la vertical en el cable no es tan difícil,  y la altura del cable hasta le resulta una ventaja. Como el público está muy lejos, ha decidido no molestarse en “vender” el truco. En general, cunado trabaja a menor altura, hace la vertical titubeando y vacilando un poco, no demasiado como para perder el control, pero sí lo suficiente como para que la gente se pregunte si irá a caerse. Pero a esta altura, no tiene sentido hacer esas cosas, lo cual es una pena. Porque esa “venta” es la verdadera esencia del truco. Pero desde un lugar seguro, a 400 metros de altura, lo bueno es no tener que hacerlo.
Salvo baja su cuerpo hacia el cable, flexionando las rodillas y colocando la vara perpendicular a su camino. Inclina la cabeza e impulsa las piernas hacia el cielo. Sus manos sostienen la vara a cada lado de su cabeza, lo que le permite corregir su equilibrio de lado a lado y valerse de las piernas invertidas para controlar sus movimientos de atrás para adelante. Apenas es posible una mínima corrección: si corrige su posición un poco de más o un poco de menos, caerá. Eso es lo que acaba con casi todos, bien lo sabe él. En cuanto uno corrige de más, debe compensar el error corrigiendo del otro lado, y entonces casi siempre comienza a balancearse de un lado a otro hasta perder el equilibrio y caer.
Cuando sus piernas llegan al punto máximo de tensión, Salvo arquea la espalda y la prueba se completa. Entonces, por un instante, el viento atrapa su cuerpo en un ángulo desafortunado y él no sabe si podrá enderezarse. Los brazos se le ponen rígidos, y el vientre y los muslos se esfuerzan para detener el impulso. Una punzada de dolor le recorre la cadera, pero la ignora y se empeña en deshacer el daño. El torso se le ha torcido levemente, de modo que gira para corregir la alineación; casi se excede, lo logra a duras penas. El brazo izquierdo, exigido al máximo,  comienza a temblar, pero Salvo continua su lucha, forzando su cuerpo, en una postura dolorosa, hasta que al final recupera el equilibrio y el peligro queda atrás. Mantiene la postura invertida durante varios segundos más, en parte para asegurarse de que ha recuperado por completo el equilibrio antes de encarar el proceso de deshacerla, y en parte para asegurar su control sobre el viento, para demostrar que no puede vencerlo tan fácilmente.
Satisfecho por haber realizado la prueba, Salvo vuelve con cautela a poner los pies sobre el cable. Hace una pausa para que la sangre fluya nuevamente por los capilares después de la posición invertida; siente cómo le hormiguea la carne con el retorno de la sensibilidad, el rostro caliente y enrojecido. Una vez que se recupera del todo, se yergue, levanta la vara y prosigue su recorrido. Salvo sabe que lo que acaba de sucederle habría significado la derrota para la mayoría de los equilibristas. Ha visto a otros abandonar en situaciones menos difíciles, y si no se caían, se aferraban al cable y se arrojaban a redes improvisadas o se veían obligados a recorrer el resto del camino pasando una mano sobre la otra. De un modo o de otro, la caminata terminaba en deshonra y derrota. La diferencia entre Salvo y otros equilibristas es que Salvo ha aprendido hace mucho a incitar a su cuerpo a seguir adelante, aun cuando parece que ya ha llegado al fin de su resistencia.
Se imagina cómo estarán allá abajo: la calle se halla tan silenciosa que se podría oír respirar a la persona de al lado, excepto durante la vertical, cuando algunos no habrán podido evitar una exclamación. Cuando se balanceó de costado debe de haber sido como si algo estallara; toda la multitud habrá irrumpido en gritos. Pero una vez que él se enderezó y volvió a apoyar los pies en el cable de acero, la gente habrá aplaudido sin reservas, sonriendo al desconocido de al lado, como diciendo que siempre supieron que iba a resultar bien.
Ya recuperadas la fuerza y la confianza, Salvo sigue adelante, contento de sentir el viento en la cara, contento por la frescura del aire, contento por el olor ajetreado de la ciudad y el sólido y constante latir de su corazón. Salvo sabe que, si llegara a caer, no tendrá ni la menor posibilidad de sobrevivir. Apenas un segundo después estaría a más de 50 metros del cable, viajando a una velocidad de 30 kilómetros por hora. A los cinco segundos estaría a 120 metros, yendo a casi 180 kilómetros por hora. En ese punto alcanzaría la velocidad terminal, la mayor velocidad a la que puede caer un cuerpo humano. Entonces golpearía contra el suelo, apenas siete segundos después, a los doce segundos de caer el cable; lo sabe porque lo leyó en el periódico esta misma mañana, en una nota no muy alentadora sobre su caminata en el aire.
Salvo siempre ha sostenido que la mayoría de la gente no quiere verlo caer. Tal vez uno entre veinte sí, y quizá nueve entre veinte vienen para estar presentes por si llega a caer. La otra mitad del público viene para verlo enfrentar la muerte y triunfar. Es para esta gente que Salvo ha pasado toda su vida actuando. Tiene miedo, pero no está asustado. Le gusta pensar que, si los demás lo ven enfrentar su miedo, de alguna manera serán capaces de hacerlo también. Eso es lo que piensa cuando se siente muy optimista. Las notas periodísticas como la que salió hay lo desaniman bastante.
Ahora no importa, sin embargo, porque avanza con firmeza y se siente seguro de que no va a caer. Ya ha recorrido las tres cuartas partes del camino, y marcha a buen ritmo. El viento ha menguado y el cable ya no canta. El sudor le cubre la cara; se pasa la lengua por los labios, saboreando el gusto salado de su dura labor. La cadera le late un poco, pero a Salvo no le molesta; hace mucho que se ha acostumbrado a soportarlo. Imagina  a la gente, allá abajo, con expresiones expectantes; él ha completado la vertical e incluso, sin quiere, hasta ha conseguido “venderla”. Tiene la imagen de su esposa Ana, allá en la calle, sirviendo whisky de centeno con hielo: uno para ella, dos para él. Salvo siempre bebe dos whiskies después de una caminata por el cable: el aroma del whisky, para él, se ha convertido en el aroma del éxito.
Con el siguiente paso siente que el cable se afloja. No mucho, pero sí un poco, y así es como empiezan los problemas. No se preocupa demasiado; su equipo puede tensar el cable de retén y levantar el alambre, y todo estará bien. Pero cuando da otro paso el cable se afloja más, y en los tres pasos siguientes la cosa empeora. Ahora, un poco más preocupado, contempla la posibilidad de detenerse y esperar a que ajusten el cable. Mientras sopesa la situación, el cable de acero comienza a tensarse. Salvo suelta un suspiro de alivio y reanuda la caminata.
El cable todavía está un poco flojo cuando una fuerte ráfaga de viento, la más fuerte hasta ahora, golpea a Salvo de costado. Se esfuerza por resistir el ímpetu de la ráfaga, bajando la vara hacia un lado y luchando con brazos y piernas y vientre para conservar el equilibrio. Una fracción de segundo después el cable de acero desciende por lo menos siete centímetros bajo sus pies. Salvo baja también, consciente de que está sucediendo lo peor.
Debido a su enorme peso, en la cúspide de las torres gemelas del World Trade Center pueden balancearse más de un metro en cualquier dirección cuando sopla un viento fuerte. Pese a que Salvo no tenía la menor intención de caminar con un viento capaz de hacer oscilar así todo un edificio, hasta el más leve movimiento puede ser una amenaza. Para compensar, el cable se ha montado sobre grandes resortes rígidos en cada extremo. Los resortes son muy resistentes y haría falta mucha fuerza para moverlos, apenas menos que la que se necesitaría para partir el cable en dos.
Salvo sabe que la ráfaga que lo ha golpeado ha hecho que una de las torres se balancee hacia la otra, aflojando el cable. De inmediato se prepara para el inminente estiramiento. Dobla las rodillas y baja los brazos, para bajar también su centro de gravedad: corre gran peligro de que el viento lo mueva en el aire, de lo cual sería muy difícil recobrarse. Por supuesto, también existe el peligro de que el cable se parta, pero si eso sucediera Salvo no podría hacer nada. Todo habría terminado.
El cable se tensa con un chasquido que corta el aire. Por más que trata de aferrarse al cable, no puede. No entra en pánico cuando siente el aire bajo sus pies. Con sus agudos reflejos, endereza el cuerpo y siente que su impulso hacia arriba se detiene. Durante una fracción de segundo queda inmóvil, colgando en medio del aire, quince centímetros por encima del cable, a más de 400 metros del suelo. Luego desciende y sus pies hacen contacto con el cable. Dobla las rodillas, y cada parte de su cuerpo –desde los dedos de los pies hasta los tobillos, las canillas, los muslos, su vientre y su pecho, y los brazos, el cuello y la cabeza- trabaja para alcanzar el equilibrio y mantenerlo erguido. Hasta su respiración desempeña un papel en esta lucha.
Lo único en que se fija la atención de Salvo es en sus músculos que se tensan y se relajan, y el único sonido que oye es el fluir de su sangre. No hay pasado, ni futuro, sólo esta fracción de segundo, y luego esta otra y luego esta otra. En cuatro segundos Salvo vive más que mucha gente en toda una vida, con un propósito singular que pocos pueden concebir. No piensa; ni siquiera comienza a pensar. Su supervivencia depende de los reflejos, del entrenamiento y de la suerte.
Reflejos y entrenamiento tiene. La suerte, sin embargo, hay parece no estar de su lado. Justo cuando siente que ha recuperado el equilibrio, cuando todo parece indicar que la situación está de nuevo bajo control, su pie izquierdo resbala del cable. Actúa rápidamente y de alguna manera consigue recuperarse, pero no del todo. La pierna derecha se dobla en una postura imposible de mantener; la izquierda cuelga huérfana en el aire.
Se inmoviliza, considerando sus opciones. “Simplemente, no te muevas”, se dice. Hay cosas que se pueden hacer. Puede intentar bajarse aún más, apoyar la vara en el cable y levantar la pierna izquierda. O puede intentar alzarse, usando toda su fuerza para obligar a su pierna derecha a enderezarse.
Ninguna de las posibilidades ofrece garantías. Si intenta alzarse y no le dan las fuerzas, se caerá. Y si intenta bajarse sobre el cable y lo atrapa una ráfaga de viento antes de estar listo, lo tirará. Mejor bajar hasta el cable, decide. Al menos, de esa forma, si falla podrá aferrarse al cable.
Despacio, con gran cuidado, Salvo baja el cuerpo. La pierna derecha le duele como si se la estuvieran quemando. Casi no puede sostener la vara. Tiene las mandíbulas tan apretadas que oye el crujido de sus dientes, y su visión se vuelve borrosa. La presión en los brazos se alivia al apoyar la vara sobre el cable, y cuando su pierna izquierda se levanta hacia el cable el dolor de la derecha disminuye. Descansa unos segundos. “No te quedes así demasiado tiempo”, piensa, sabiendo que si no se yergue pronto la pierna derecha se le acalambrará.
Exhala, siente que los pulmones le arden al salir el aire, y aspira profundamente, tratando de juntar toda la fuerza que le queda. Sabe que no le queda mucha. Mejor aprovechar la que hay. “Si puedo alzarme estaré bien –piensa-. Álzate”.
Y se alza. No es tan difícil como esperaba; el cable se ha vuelto firme bajo sus pies, y no hay viento. Allá arriba, las nubes se han abierto un poco y un débil rayo de sol cae sobre el cable, frente a él. Con confianza da unos pasos hacia la luz, escudriñando el horizonte. Está muy por encima del contorno de Nueva York; desde donde él está, la ciudad parece pequeña e insignificante. Acero y ladrillos y cemento se reducen a bultos en un arenero infantil.
Salvo da un paso, luego otro. El cable le causa una agradable sensación, como un lugar abrigado y conocido, y se alegra de estar donde está. El miedo lo ha abandonado por completo. Ha enfrentado lo peor y no ha caído. “Estuviste bien, pero no te alegres demasiado –le dice una voz interior-. Todavía no has llegado al otro lado.”
Relega la euforia al fondo de su mente. Más tarde tendrá tiempo de sobra para celebrar. No volverá a pensarlo hasta que esté en el remolque con Anna, bebiendo whisky.
Se detiene para centrar su equilibrio y aferrar mejor la varilla. Percibe el perfume del talco, pero lo ignora; no quiere que los recuerdos lo desconcentren. Da un paso corto hacia adelante, se afirma y levanta el pie para dar otro paso. En ese preciso momento, el cable baja una vez más. Mientras acompañaba el descenso del cable, el viento lo golpea como una ola, con más fuerza que la que él puede resistir. Cuando el cable se tensa y vuelve a subir, Salvo no lo acompaña. Se lanza hacia un costado, la pierna izquierda completamente fuera del cable. Siente el golpe del cable en la curva interna de la rodilla y la nalga derechas, y la vara se tuerce mucho hacia un lado. Casi no puede sujetarla, y luego sus dedos se aflojan y la vara ya no está en sus manos. Las manos se tienden a ciegas hacia el cable, y de algún modo Salvo consigue atrapar la vara entre los antebrazos. Pase lo que pasare, el cree que nunca debe perder la vara. Esta creencia es puro instinto; en este punto la vara es irrelevante, pero Salvo es equilibrista desde hace tanto tiempo que los reflejos superan la lógica. Puede aferrarse al cable o aferrar la vara, pero no las dos cosas.
Su cuerpo se tuerce hacia un lado, y ahora sólo su pantorrilla derecha está sobre el cable, ahora sólo el tobillo. Salvo ya no está en el cable. Está cayendo. En sus brazos sigue sujetando la vara.
Sabe al instante que está cayendo, que está muerto. No se impresiona, no tiene miedo. Sin embargo, mientras cae, sigue concentrado en una última tarea. Se dobla y retuerce, las manos aun sujetando firmes la vara, moviendo los pies para que queden abajo, esforzándose para conservar la postura vertical. En las muchas fotos q1ue le toman mientras cae, casi parece como si todavía estuviera sobre el cable.
Recuerda un proverbio gitano que su padre murmuraba en épocas de penurias. “Entiérrenme de pie. He pasado toda mi vida de rodillas”. Pero Salvo tiene una idea diferente, una idea que ha mantenido en el fondo de su mente durante casi toda su vida, idea que será su último pensamiento en esta tierra.
Entiérrenme como quieran. Yo moriré de pie.

Galloway, Steven (2004). El equilibrista. El Ateneo, Buenos Aires, Argentina. (pp.9-19)




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